De maestros y criaturas
Bailan como muñecos mis anhelos por volver a la escuela, de Ignacio Bartolone
Queridísima testigo del cortejo:
Acá me encuentro sentada respondiéndote con la sensación de que el tiempo se fue volando desde que llegó tu última carta hace apenas quince días. Fueron semanas intensas de múltiples estrenos en los que estuve trabajando y no tuve ni tiempo ni ganas de ir al teatro después de pasar, entre el salto de un ensayo a otro, más de ocho horas diarias internada en las salas. No me quejo, estoy feliz con los procesos y las nuevas existencias que estuve acompañando, pero no me queda otra que invitarte a ver las obras que acabo de estrenar. Pecaré de autobombo, pero siempre elijo cuidadosamente los proyectos en los que me involucro, así que es genuina mi recomendación y podés confiar. Pongo en las obras mi corazón, mi tiempo, mis ideas, mi energía vital y afectiva, así que, a pesar de que, como vos decís, en esta época es muy difícil que la plata alcance (y como trabajar en teatro muchas veces sale incluso más caro que no trabajar), solo me sumo cuando algo me llama profundamente. Las obras me tienen que capturar para desear ser parte fundacional, o tengo que creer en sus textos, su sensibilidad, sus premisas de trabajo, la mirada de sus creadores o la voz de los artistas que integran los proyectos. Y en estos tres estrenos en los que estuve metida, la verdad es que se mezcla todo esto y me enorgullece que sus creadores confíen en mí, porque los admiro, los quiero y con su obra han sido mis maestros.
El teatro todo el tiempo crea familias nuevas con las que se convive y se comparte intimidad, se discute, se inventan códigos, se prueba, se descubre; al tiempo se pierde la fe, aparecen las dudas, pero se sigue, se ensaya, se estrena y, en el encuentro con el público todo vuelve a cobrar sentido, a entenderse en su totalidad. Es el momento de confirmación, de sentir que todo el esfuerzo valió la pena. La obra existe y tanto la gente que una ama, como la que una no conoce, agradece la nueva creación.
El primer estreno de la seguidilla solo tuvo cuatro presentaciones, pero tengo la esperanza de que vuelva. Se llama Nocturnos y es una performance comisionada a Diana Szeinblum para dialogar con un cuadro de Kuitca que se llama Tres Noches, que nunca se había expuesto en Buenos Aires. Diana, que hace rato tenía ganas de hacer algo con las piezas para piano de Ismael Pinkler interpretadas por el artista visual Nicolás Bacal, creó un espacio acolchonado donde era posible entregarse por un rato al estado de duermevela que tanto asusta en las artes escénicas. Acá la invitación, lejos de ser una condena al aburrimiento o el desinterés, consistía en pasar por diferentes estados no del todo conscientes y habilitar sensaciones en una mezcla inédita que iba de la performance de danza al concierto. En ese vaivén era posible mirar durante un rato largo el cuadro, en posición horizontal, una experiencia que en nada se parece a la de recorrer una muestra. En este no espacio y tiempo suspendido del piano atmosférico de Ismael con algunas intervenciones electrónicas, el cuerpo de Diana empezaba a bailar y a cambiar de materia en una especie de hechizo alquímico entre la música, la danza y la plástica. Toda esta materia unida y flotando en un sueño hipnótico.
El segundo estreno es Bailan como muñecos mis anhelos por volver a la escuela, de Ignacio Bartolone. Es un dramaturgo y director de nuestra generación que siempre seguí, pero con el que nunca había trabajado. Vi todas sus obras y sospecho que vos también: Piedra sentada, pata corrida, La piel del poema, La madre del desierto, La obra pública, los episodios de El embajador del otro lado y la última, titánica, primera entrega de las Obras completas de Osvaldo Lamborghini. Siempre me interesaron muchísimo los mundos que crea. Tan particulares, tan anclados en las infinitas posibilidades de la imaginación, pero siempre en línea directa con una referencia local, argentina. Logra darle dimensión y abrir espacio en recovecos que parecen llenos de mugre donde nadie quiere escarbar. Y en este caso son los miedos profundos. Los arraigados en la infancia, en la escuela, en esa institución ya extinguida (dice el autor con esperanza pesimista) de la que parece que nadie zafa de sus marcas, sus cicatrices, aunque parezcan invisibles. Ignacio vuelve ahí para darles entidad, discurso, formas deformes, música, sombras y sonidos ahogados.
El hijo del torturador (1974), de Mildred Burton
Prometo no ponerme tan nerd como la última vez, aunque la tentación sea grande porque la obra de Ignacio podría enmarcarse muy rápidamente en la escuela gótica de Robert Walser, de Thomas Ligotti, en La clase muerta de Kantor o, como dice la sinopsis, en la “Kammerspiel neoexpresionista”, en un tipo de gestualidad que acá viene con una voz arrabalera siempre porteña, de un lunfardo en extinción. En sus palabras: “la escuela-cripta lunfargótica del realismo distorsivo de Boedo”.
Me acuerdo de la primera vez que vi actuar a Ignacio. Hacía un monólogo basado en el cuento de Fabián Casas cuyo protagonista se llamaba Máximo Disfrute. El héroe del barrio. Desde aquella época, y te hablo de hace más de veinte años, estaba presente su interés por Boedo, pero también por las pandillas y la escuela como campo simbólico de pertenencia. No por nada Boedo, donde la combinación del encuentro entre Barletta y Arlt dio lugar a la creación del teatro independiente al que Bartolone pertenece y hace honores a su linaje lúgubre. En Bailan como muñecos mis anhelos por volver a la escuela, aparece la escuela-cripta como espacio de formación, de claustro, la noche o la nocturna como lugar de encierro para la creación, para el pensamiento, para la discusión, para el invento y también para la tortura.
Celebro el trabajo minucioso, de ensayo a ensayo, de ajuste de esa corporalidad de marioneta tan bien lograda. Tan fría, oscura, pero a la vez sensible. Y parece ridículo pensar en esa distopía de la educación pública ya muerta como esperanzadora, pero hay optimismo en este tipo de creaciones. Nadie imagina con esta meticulosidad y compromiso sino porque necesita tener cierta fe en el futuro.
Los alumnos de la escuela nocturna son tres: Gogó Maldino, la única niña vieja que canta y sacude su tos como una diosa; Eugenio Schcolnicov, el esforzado repetidor, cuyo nombre recuerda al Jacob del Instituto Benjamenta; y Jorge Eiro, Guitarrita, el vago más simpático, el merecedor del bullying, el de la sinceridad y transparencia más frágiles y temibles. Manuel Attwell es el Maestro Charcos y Moscas. A Manu le toca caminar en tacos altos en el borde de la escena, en un contrapunto que desarma cualquier solemnidad, que acerca claves de lectura para el mundo que conocemos de este lado de la obra y que abandonamos para entrar de lleno y dejarnos llevar por estos tiernos monstruitos. Violeta Postolski es la impoluta y más aniñada directora. El viaje musical en vivo está a cargo de Sebastián Sonenblum e Ismael Pinkler y es sombrío, triste y delirante. La escenografía es un tesoro hecho de píxeles de Leo Balistrieri: las ruinas digitales de estos claustros públicos en decadencia, en absoluta desvalorización, en el olvido del conocimiento inspirados en las ilustraciones de García Ferré el de Hijitus, Hugo Csecs el de Petete y así.
Estar dentro de la obra me hizo recordar muchas cosas de mi escuela primaria que tenía olvidadas: las galletitas de agua y el Mendicrim que Lidia, la directora, guardaba y comía del primer cajón de su escritorio; el sótano donde estaban los pupitres rotos, que después fue escenario de una violación; la sensación de ver a la maestra diciendo mis parlamentos en el acto del 25 de mayo al llegar tarde pero toda maquillada con el esmero (aletargado) de mi mamá, mi compañero Fernando siempre vestido de uniforme, incluso si te lo cruzabas el fin de semana. Es angustiante pensar en la infancia, en la desprotección de los niños, en la imposibilidad de defenderse, en el daño que puede generar el desamor para siempre. Criatura es una palabra que odio, pero acuña la idea de creación, no por el milagro de la reproducción, sino porque aquello que se crea en la infancia mantiene su forma casi intacta para el resto de la vida adulta. Es hermoso ver en esos personajes vestidos de guardapolvo gris a los nenitos, pero terrorífico descubrir que viven encerrados en esos cuerpos adultos, repitiendo los mismos miedos y esas mismas faltas.
El tercer y último estreno de la semana es Diego Armando Prometeo, un monólogo de Rafael Spregelburd acompañado en vivo por el músico Nicolás Varchausky. El texto yuxtapone el mito maradoniano (a contramano de la fiebre mundialista de Messi) con el mito de fuego de Prometeo y encuentra sus diferencias y similitudes en una narración sonora que viaja por los lugares más insospechados. Ya sabemos que Varchausky logra sacarle sonido y convertir en música (o postmúsica, como señala el personaje de Spregelburd) lo que se le ponga delante: transformadores, un bombo de murga intervenido con parlantes que acoplan, discos que acciona para luego samplear con unas manivelas de dinamo y así.
El texto de Rafael, que escribió originalmente para leerlo en Nápoles en 2023, donde todo está más teñido de Maradona que Fiorito, como siempre nos invita a pensar y a redescubrir cosas que creíamos conocer desde una perspectiva nueva. Su obsesión por el lenguaje nos hace revivir, a chispazos, cómo combina las palabras, esta vez en un poema con toques de lunfardo que habla de la cultura, el carnaval, el Diego, los mitos y los titanes, el sueño y la eternidad.
Tu última recomendación fue mucho más colorida y me diste ganas de ver Un poyo rojo otra vez, y eso que yo fui de las que la descubrió tardíamente y todavía la tengo fresca. Es cierto que todos los valores que en otras obras no son necesariamente halagos, en este caso lo son. Especialmente el virtuosismo, cosa que a mí no me copa ni en la música. Virtuosismo de los cuerpos, de sus posibilidades y de su precisión; de la improvisación, llevados por una sintonía radial cada vez más random. Me acuerdo de que cuando yo fui sonó el final de “Vuelta por el universo”, de Cerati-Melero, y fue un hallazgo total.
En el balcón floreció la camelia, vuelvo a los teatros y espero tu respuesta,
La promotora teatral
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