Final de partido
El trabajo, de Federico León
Querida promotora teatral:
Releí hace un rato tu carta mientras deseaba con fuerza que con todos tus nuevos estrenos no hayas tenido, como otras amigas productoras, demasiados dolores de cabeza por los partidos del Mundial, que obligaron a tantos elencos a cancelar o posponer funciones en estas últimas semanas. Son situaciones muy excepcionales y gajes del oficio, lo sabemos, pero aún así imagino que una, puesta a elegir, desearía no tener que enfrentarse a ningún gaje, y menos que menos hacerlo a las corridas, porque a la complicada coordinación de agendas que de por sí implica reprogramar una fecha se sumaba en este caso la poca antelación con la que nos íbamos enterando de cuándo se iba a jugar, en caso de que fuera a jugarse, cada próximo partido. Ya me contarás cómo viviste estos días suspendidos en el tiempo, en el trabajo y más allá de él.
Debo decir que me había propuesto esquivar cualquier mención al Mundial y al duelo mundialista pero con el clima gris que se instaló en Buenos Aires esta última semana se me hizo difícil sobreponerme a cierta sensación de melancolía, pensar en otras cosas, recortarme del acontecimiento. Y eso que de fútbol entiendo poco (nada), que no vi los partidos de la primera fase, que me subí tarde (tardísimo) al entusiasmo. Pero para cuando llegó el partido contra Suiza ya estaba tan compenetrada con nuestra causa que creí entender lo que sienten los hinchas de algún equipo durante todo el año: que un resultado deportivo sobre el cual no tengo ninguna injerencia podía ser capaz de impactar en mi ánimo y tomarme por completo.
Pero, más allá de las victorias o derrotas, empecé a darme cuenta de que lo que me conmueve tanto de estos días de Mundial es la certeza de que todos estamos sintonizando con un mismo suceso al mismo tiempo. Es un resabio del siglo pasado, algo que pasa cada vez menos y que por eso empieza a tener una cuota de extraordinario. A pequeñísima escala y salvando las distancias, me atrevo a decir que eso es algo que también me encanta del teatro: convivir por una hora o dos en una sala con desconocidos, y que todos estemos mirando lo mismo –que por supuesto no quiere decir viendo lo mismo– en un espacio y tiempo compartidos.
Esta semana, con el regreso a la normalidad y la decisión de último momento de bajarme de una obligación autoimpuesta, de pronto me vi con muchísimas noches libres que aproveché para entregarme al hábito maravilloso. Así que estuve viendo varias puestas de una diversidad impresionante, un lujo que no está mal volver a agradecerle cada tanto a Buenos Aires. Vi cuatro obras recientemente estrenadas y una que ya lleva tiempo en cartelera. Una del circuito oficial (Manifestum, con Marilú Marini, a quien volver a ver sobre un escenario se siente siempre como un regalo), una del comercial (Billy Elliot, me animo a decir que uno de los mejores musicales que vi en mi vida, de una inteligencia y complejidad que se vienen perdiendo en los espectáculos de esa escala) y tres del alternativo.
De entre estas últimas, dos hicieron solamente un par de funciones en el marco de Clásicos españoles, versiones americanas, un proyecto internacional que invita a artistas contemporáneos a revisar el repertorio dramático del Siglo de Oro. En Fundación Cazadores y con producción de la Universidad Di Tella se presentaron, una seguida de la otra, las puesta de El mágico prodigioso, de Calderón de la Barca, a cargo de Lolo y Lauti, y Los malcasados de Valencia, de Guillén de Castro, reescrita y dirigida por Tamara Tenenbaum, que se quedó con las dos primeras palabras del título original para nombrar su versión contemporánea. Ambas obras son apropiaciones libres que trasladan los originales a universos actuales sin abandonar los temas que los ocupan. La de Tamara –que con este trabajo debuta como directora teatral– volverá a hacer un par de funciones en octubre en Dumont 4040, y seguramente te lo recuerde o le dedique una carta llegado el momento, porque la disfruté muchísimo y creo que tiene muchos hilos de los cuales tirar. Después me quedé pensando, por ejemplo, qué vuelve virtuosa una adaptación, un tema al que desde que cursé “Literatura y fenómenos transpositivos” durante mi carrera de grado me encanta darle vueltas (otro regalo: cuando un profesor te inocula una obsesión o tuerce tu mirada sobre un tema para siempre). Tamara, que tiene un talento descomunal para procesar textos e ideas y hacerlos dialogar con la contemporaneidad, creó una comedia de enredos que toma de columna vertebral la obra del dramaturgo español pero se sitúa en el presente. Los malcasados versión argentina cuenta la historia de una compañía de músicos conformada por dos matrimonios en crisis, donde todos gustan de todos menos de quienes se supone deben gustar. Las cosas, lejos de lo que podrías imaginarte con esta premisa, igual terminan bien, o al menos no terminan mal. Pasaron más de cuatrocientos años desde la aparición de la obra (que incluía en su trama dos divorcios, una rareza absoluta para su época) pero aún hoy la de separarse sigue estando, aunque ya no sea tabú y sean más las parejas que lo hacen que las que no, entre las experiencias más transformadoras de una vida, de las que más nos sacuden y nos piden tiempo y paciencia para sanar. ¿Seremos capaces alguna vez de desdramatizar por completo una separación? Últimamente vuelvo sobre esta pregunta. Y la respuesta con la que suelo encontrarme es que no, y que quizá sea mejor que no: al fin y al cabo, todas las experiencias importantes conllevan un duelo cuando se terminan, y ningún duelo se atraviesa sin una pizca de drama.
Juego interrumpido (II versión), Guillermo Roux
Y ahora que escribo duelo pienso que di con el puntapié perfecto para compartir con vos algunas ideas en torno a El trabajo, de Federico León, que me encantó volver a ver esta semana, a un año y pico de su estreno. Como siempre pasa en un segundo encuentro con un material, se me aparecieron varias preguntas que la primera vez, comprometida con seguir las acciones que conforman el primer nivel de la trama, ni se me habían ocurrido. Una de ellas, medio contrafáctica: ¿podría haber sido creada esta obra en otro lugar que no fuese Buenos Aires? Una ciudad tan atravesada por el psicoanálisis que hasta los talleres de teatro suelen brindarse como espacios a los que no vamos solamente a aprender una técnica, sino también a trabajar sobre nosotros mismos, guiados por profesores que también están atravesados por el lenguaje psicoanalítico y no pueden hacer otra cosa que hablar desde ese marco teórico o lo que creen saber o entender de él.
También pensé en lo difícil que me resultaría –por suerte no tengo que hacerlo acá–, asignarle un género a esta obra: ¿es ficción? ¿tiene un componente de biodrama? ¿podría ser pensada como falso documental escénico? Parte de la dificultad está en el mecanismo mismo de El trabajo: Federico toma como punto de partida las clases que dicta desde hace más de quince años en el mismo espacio en que sucede la obra (de hecho al principio lo explicita, dice que la obra surge de experiencias acontecidas en sus clases, y que esas clases suceden acá) y pone en escena a dos alumnos, Marian y Dina, junto a Matías, el profesor que él mismo interpreta. Todo lo que se cuenta parece tener algún origen en la realidad –los ejercicios, las reglas, la observación de sí mismos de la que hacen gala los alumnos–, salvo por un pequeño detalle: ni Santiago Gobernori ni Beatriz Rajland se llaman como dicen llamarse en escena ni fueron alumnos de Federico.
Los alumnos están ahí para conocerse y trabajar sobre “su instrumento”, que en el caso de un actor es el cuerpo, la voz, los pensamientos, la propia forma de estar en el mundo. Pero estarás de acuerdo conmigo en que no hace falta haber pasado por un taller de actuación para encontrar en la obra formas de vincularse con ella o entender lo que se está contando. Habrá entre el público quien encuentre reflejos de sus experiencias de alguna terapia grupal, de algún taller de escritura o expresión, habrá quien no conecte con ningún recuerdo puntual y aún así pueda entender de qué se está hablando. Quizá ese sea el gran talento de Federico: crear puestas llenas de imágenes e ideas, destinadas a todo público, no solo para entendidos.
Marian y Dina reconocen e intentan desarmar sus tendencias más anquilosadas para ser capaces de probar cosas nuevas, y lo hacen con una capacidad de autoobservación envidiable, como si consiguieran salirse de sí mismos, analizar sus acciones como algo que no les pertenece del todo. “Siempre tiendo al chiste, a la ocurrencia”, dice él en algún momento, y así se la pasan, describiéndose y describiendo al otro. Darse cuenta de lo que una quiere o necesita cambiar de sí misma no alcanza para cambiarlo efectivamente, pero resulta siempre un primer paso necesarísimo. Y poder mirarse con semejante precisión, sin sentirse inmediatamente expuesta, juzgada o atacada es una disposición fantástica; salí de la obra con ganas de llevarme ese impulso y copiarlos. ¿No envidiás un poco a la gente que logra hablar de sus faltas como si no le pertenecieran y se ríe a carcajadas de sus errores recurrentes?
Ahora bien, en un momento Dina formula una pregunta que me quedó resonando: ¿Por qué habría que ir siempre contra la propia tendencia? ¿No necesitamos también descansar, de vez en cuando, en nuestra naturaleza más afín? Quizá, entre la voluntad de corregirnos constantemente y la de entregarse sin más al “yo soy así” –una frase que tantas veces funciona como autoindulgencia pero, bueno, convengamos que también puede ser un alivio– debe existir algún punto de equilibrio. O, como dice Rebecca Solnit a propósito de otra cosa en Los hombres me explican cosas, “entre esos dos polos puede existir un cálido e intermedio ecuador”. Quizá el verdadero trabajo consista en acercarse a esa línea imaginaria, sabiendo que no se la alcanza de una vez y para siempre.
No sé si quería hablar de todo esto o de otra cosa, pero a veces el diálogo interno que se abre con las cartas se parece un poco a una sesión de terapia: una sabe de dónde parte, no tanto siempre adónde va a llegar. Dejamos acá.
Te abraza,
La espectadora paciente
PosData:
Hablando de duelos, y por si aún no la viste, te recuerdo que volvió Campera a Planta Inclán.
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