Cambio de hábito
¡Oh cabezas locas de las religiosas! de Mia Miceli
Querida fan de los actores:
Te contesto desde una casona antigua del Tigre a la que me vine a pasar el fin de semana patrio y largo. Entre amigos, una parrilla, un horno de barro y frutales, sin Internet y con una fragilísima señal 4G. Hacía meses, tal vez más de un año, que no pasaba unos cuantos días sin pensar en por los menos una obligación, haciendo exclusivamente lo que debe hacerse en un plan de vacaciones como este: dormir, leer, cocinar, hablar de todo y de nada, reunirse alrededor de la mesa a disfrutar de la comida compartida mientras se piensa en los preparativos de la que vendrá. No me es fácil alcanzar este grado de desconexión, quizá porque tengo padres casi adictos a sus vocaciones e intuyo que aprendí de muy chica a tener un poco mezclados el trabajo y el placer. Cuando finalmente logro descansar en profundidad, me pregunto por qué me cuesta tanto, si soy tan buena para entregarme al ocio.
En parte quizá se deba a que me cuesta cada vez más escapar de Buenos Aires, y en la propia ciudad se hace difícil descansar. La sensación es que acá siempre hay algo para hacer, algún amigo te invita a cenar, otro participa de alguna lectura, o presenta un disco, o actúa en una obra que aún tenés que ir a ver, siempre hay alguna cosa de la casa que se rompió y hay que arreglar, algún trabajo pendiente, en fin: siempre está pasando algo que a los entusiastas se nos presenta como más interesante o más productivo que la introspección y el reposo.
Y hablando de pendientes: una vez más tengo que confesarme deudora. Aún no vi Las adoro y no porque no arda de ganas de verla; pero mis lunes, como sabés, están reservados a otra de mis actividades favoritas, el canto. Y, salvo algunas excepciones, intento no faltar a ese plan. Sospecho de todas formas que cuando las agendas de Lucía y Mariano lo permitan la obra sumará funciones algún otro día de la semana, teniendo en cuenta que las entradas de la obra ya están agotadas ¡hasta septiembre inclusive! Ayer escuché a un amigo decir que Las Adoro se convirtió en “el Anchoíta del teatro”. Anoto en el temario para las próximas cartas, porque no quiero derivarme tanto, sumar algunas reflexiones en torno a estos “fenómenos del año”.
Hasta hace unas horas no tenía muy claro sobre qué obra iba a escribirte, pero la energía isleña me terminó regalando algo de claridad: recordé que hace unas semanas volví a ver ¡Oh cabezas locas de las religiosas!, la obra sagaz, fresca y entretenida de Mia Miceli que la próxima semana inicia una nueva temporada en el Espacio Callejón, después de su estreno en la pequeña y mítica sala Cancha del Centro Cultural Rojas.
Todos estos atributos serían suficientes para escribir sobre la obra de Mia con entusiasmo, pero a esto se suma que es una autora y directora sub-30. Y no es que sea partidaria de que “lo bueno, si joven, dos veces bueno”, pero hay pocas cosas más placenteras para una periodista que señalar lo incipiente, que marcar un camino que todavía está en construcción. La sensación de hallazgo, de novedad, es algo que me puede. En la obra, además, la escritura de cartas juega un papel decisivo para la historia, y me encanta tener la posibilidad de pensarla a través de una carta. Escribir es, para mí, una forma de pensar, sé que no soy original en esto, pero muchas veces no sé muy bien qué me pasó con una puesta hasta que no escribo sobre ella; el texto me devuelve certezas que antes de su existencia no tenía.
De la serie Pequeñas reliquias urbanas, de Juan Musante
No recuerdo si ya viste la obra, pero vale la pena un pequeño repaso por su trama entre otras cosas porque tiene mucho de eso que decís anhelar últimamente en el teatro: ¡Oh cabezas locas! crea universo y desarrolla conflictos en situación, en escenas bien escritas, bien construidas y sobre todo, bien actuadas por un elenco de actores que marida nombres conocidos en el off y otros más nuevos. Acá, entonces, un intento de sinopsis breve: la historia transcurre en un convento francés en 1789, con la revolución en puerta, en un momento en que afuera está empezando a resquebrajarse el mundo conocido. Las protagonistas son Hélène y Justine, dos novicias muy jóvenes y poco felices con el destino que parece haberles tocado en suerte. Justine está a punto de convertirse en monja no por llamado divino sino porque por su condición de hija bastarda nadie va a pagar una dote por ella. Hélène, que tampoco consiguió un candidato para casarse bien y huir del camino religioso, tampoco quiere ser monja, y mira el encierro que se le viene con inteligencia, ironía y resentimiento, ese combo fatal del que están hechas las cabezas más lúcidas.
La situación dramática se empieza a desatar cuando Hélène escribe en nombre de Justine una carta al marqués de Croismare, un pretendiente del que esta última, mucho menos plantada que su amiga, dice estar enamorada. Lo que empieza como una broma se vuelve una pequeña bomba de situaciones que se van a ir desplegando. La carta dice lo que Justine no se atrevía a decir, e incluso cosas que ni sabía de sí misma, quizá porque no tenía idea cómo nombrar. Se arma entonces una comedia de enredos sobre el deseo y sobre la autoría que contiene preguntas geniales: ¿Quién es responsable de haber enamorado al Marqués? ¿De quién son los sentimientos cuando otro los escribe mejor que una? También aparecen en escena Marion, otra novicia que por error lee la carta y se enamora de las palabras de Hélène (o de la propia Hélène) y Sor Agnes, la mala que todo culebrón necesita, que intenta a toda costa mantener a las discípulas libres de fantasías impuras a fuerza de orden y terror.
Mientras veía la obra no pude dejar de pensar en Las hijas de Felipe, el podcast espectacular de Ana Garriga y Carmen Urbite que te recomiendo fervorosamente y que se mete en las vidas de monjas de los siglos XVI y XVII con un tono que mezcla erudición, chismes del barroco y mucha (mucha) sensibilidad contemporánea. Una de sus grandes ideas, o al menos una de las que a mí me quedan resonando cada vez que escucho un episodio, es que el convento nunca fue solamente ese lugar del retiro lleno de mujeres con una vocación religiosa acérrima que nos imaginábamos de chiquitas. Más bien era o podía ser un refugio para mujeres que amaban a otras mujeres, o una estrategia familiar, o una cárcel con biblioteca para quienes tenían más interés intelectual que maternal.
Los personajes de la obra dialogan muy bien con ese imaginario y con los arquetipos de la monja que cayó en la abadía que le quedara más cerca por pobre, por rebelde, por lesbiana. Algo que me gustó muchísimo del trabajo de Mia es que, si bien Justine, Hélène y Marion pueden funcionar como piecitas narrativas para pensar temáticas universales y por eso también contemporáneas (como la amistad, la traición, la escritura como medio para inventarse un relato, la posibilidad o imposibilidad de construir una vida regida por el propio deseo, ese tirano), no se fuerza nunca un link con el presente. Quiero decir: la obra no busca hablar de feminismo, de la opresión de la mujer, ni nada de eso. Más bien cree en el poder de la ficción y en la inteligencia de los espectadores, nos da libre albedrío para que armemos nuestros propios hipervínculos, si es que nos dan ganas de hacerlo.
Durante el último tiempo, me doy cuenta, vi más monjas en la ficción y en mi feed que en la vida real (de hecho en la vida real no vi ninguna, siento que una ya solo se las cruza en aeropuertos). De pronto se volvieron un arquetipo un poco pop, una figura mítica sorpresivamente disponible: en Rosalía, en historias que rescatan algunos usuarios de Twitter, en podcasts y ahora también en el teatro independiente porteño. No termino de entender qué significa este retorno. Quizá, como escribió Tamara Tenenbaum hace algún tiempo en su columna dominical, se trate de una fantasía vinculada con “la posibilidad de encerrarse en un convento y dedicarse a charlar con amigas, cuidar plantas, leer libros y, sobre todo, descansar de los hombres, pero también del mundo exterior en general”. Por suerte, nosotras tendremos el Delta siempre a mano para lograr algo parecido a ese estado.
Te saluda, te quiere y te extraña,
La devota del hallazgo
PosData:
Además de ¡Oh cabezas locas de las religiosas!, te dejo otras obras en cartel para ir a ver:
Amanuenses, la comedia física de Constanza Feldman, divertidísima y apta para todo público, que este miércoles arranca su segunda temporada.
La habitación desconocida, de Gonzalo Martínez con dirección de Lautaro Delgado; una de las obras más inteligentes de esta serie medio involuntaria de puestas que se meten con separaciones y crisis matrimoniales.
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